jueves, 26 de abril de 2018

fábula, EL CAMALEÓN IGUARIN


DIARIO DEL GALLO


IGUARÍN EL CAMALEÓN
fábula 
Observaba un camaleón desde lo alto de una roca a un grupo de extranjeros venidos de las costas del Mar del Norte, cayendo en cuenta que eran ellos los mismos jóvenes que regresaban puntuales cada verano.
“Cada vez que regresan estos visitantes se forma algarabía”, observó. 
Eran seres de largas y amarillenta cabellera, ojos color mar. Algunos tan escuálidos y pálidos que parecían muñecos de habla extraña y raro caminar. 
Les reconoció de inmediato por su deambular arrogante de estrellas de cine buscando miradas cuando paseaban por el Boulevard.
Y sí, muchos les ojeaban con cierto celo, mientras otros, les demostraban admiración. 
Nuestro amigo el camaleón era un campeón en perspicacia e intuición. Era leído, desconfiado y bastante incrédulo. Sus amigos le decían Iguarín.
Su permanencia allí le había dado oportunidad de conocer a mucha gente del mundo. Además, usando su apariencia natural, se camuflaba para pasar desapercibido. Sí Iguarín posaba encima de una rama verde se ponía. Y cuando se sentaba sobre las piedras, encorvaba la espalda, cerraba los ojos y era casi imposible detectarle pues tomaba el aspecto natural del entorno.
Como Iguarín había visto tanta gente distinta se había hecho un experto en el tema de cruces y razas y le llamaba la atención que unos cruces fueran más típicos que otros y que los orientales fueran una clase aparte y recatada. “Seguramente si esa raza si se cruza”, se decía para sus adentros. 
El hecho es que esa tarde, con ojos alertas, divisó los visitantes y concluyó que eran los mismos irlandeses del verano anterior.
Escuchaba carcajadas a lo lejos. Eran los turistas que gozaban en compañía de varias chicas de la región que consumían con ellos vicio y licor. No había en el verano mejor sitio que aquel paraíso.
Sin embargo, lo que al camaleoncito molestaba, era que los extranjeros, tal y como sucedía cada año, embriagaban con las jóvenes hasta casi enloquecer, rompiándo cada norma y cada ley, con la intención de ver a las chicas borrachas y entregadas a ellos.
Fue entonces que el astuto camaleón se percató que los hombres hacían el ademán de ingerir trago pero se mantenían sobrios, esperando un momento clave para arrastrar a las mansas con ellos. Hasta que llegaban al hotel. Para eso trabajaban su plan en conjunto, como si se tratase de hienas hambrientas de placer.
Lo malo era que traían aberración a la playa. Peor aún, lo que a Iguarín no le cabía en la testa era cómo y por qué cedían ellas al juego de los príncipes melenudos que terminaba en orgías y en festín.
Moraleja:
El licor hace que los seres abandonemos los valores para convertirnos en víctima de un posible abusador. Como en la fábula, no solo cambia el camaleón para camuflarse, sino que esconde el ser sus intenciones para salirse con la suya.

Oscar Darío Velásquez Lugo
02-02-2006 Ams, (del armario de escritos antiguos).


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